UNA POETICA DE LA GRAFICA INSULAR
"Este pasmoso aislamiento entre el diseño gráfico y entre los géneros de las artes visuales (proclive a desarrollarse en economías dependientes que reciben todo impreso o enlatado desde el exterior) vio acercarse su fin en el mismo año 1960 cuando se produce el cartel del primer filme cubano, Historias de la Revolución, luego de creado el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)".
Nelson Herrera Ysla |La Habana
Poeta, arquitecto y crítico de arte; Subdirector del Centro
Wifredo Lam
Los lugares comunes ocupan un lugar privilegiado en la cultura
elitista y popular y son, en muchos casos, esenciales a fuerza
de una bien ganada reputación. Existen porque la realidad
es capaz de generarlos en múltiples direcciones y lanzarlos
por el aire para que sean respirados, adheridos, asimilados, en
fin, apropiados democráticamente. Nadie escapa al lugar
común porque es imposible, por mucho que se enmascaren
en frases y argumentos up to date y en un pensamiento avant-Ia-Iettre
de revista especializada. Uno de esos lugares comunes es decir
que el cartel cubano, el diseño gráfico en general,
nació en 1959 luego de las radicales transformaciones económicas,
sociales, políticas y culturales llevadas a cabo en la
nación. Y creció fuerte y saludable, huérfano
de padre y madre, porque nada corrobora una ascendencia legítima
digna de mención.
Cierto que se hacían carteles para el anuncio de bailes
populares, mayormente tipográficos y con poca variedad
de color, en los que primaba una rara cualidad gráfica
espontánea que le debía más a la ingenuidad
y la inocencia que al oficio de diseñar. Cierto también
que al acercarse los tiempos de las campañas políticas
en busca de electores para los diferentes cargos públicos
del país, el aluvión de afiches no tenía
para cuándo acabar.
Torrentes de una versión cubana del afiche o cartel conocida
como pasquines inundaban las calles de cada pueblo de Cuba por
humilde que fuera, cubriendo columnas, postes del alumbrado, rejas,
vallas solariegas, portones y hasta cubiertas de camiones y ómnibus
del transporte urbano. Un violento mar publicitario se estrellaba
en nuestros ojos desde la misma puerta de la casa: era la visualidad
misma agredida por rostros demagógicos y pulcros que aspiraban
a conquistar un sitio público a costa de falsas promesas
y slogans de dudosa eficacia. Nada más. Y nada más
alejado de la concepción de diseño contemporáneo
que nació, al decir del crítico cubano Gerardo Mosquera,
en Octubre (con o mayúscula por aquello que fue costumbre
en Cuba durante muchos años al referirnos a la Revolución
de 1917 y que perdura en muchos espacios de los medios de difusión
masiva) en los inicios de este siglo.
Las entidades comerciales, y cada cuatro años los políticos,
aglutinaron la escasa actividad del diseño reproductivo
múltiple hasta 1958 sin que hubiese en ellas interés
por dotarla de alguna expresión estética que contribuyera
al enriquecimiento de una sensibilidad popular de amplio rango
perceptivo.
Esquemas repetidos hasta el cansancio aumentaron, durante décadas,
el abismo entre las expresiones plásticas y el público,
dejándolas confinadas a aislados ejemplos en la capital
del país en la esfera de la llamada cultura "culta"
y que por lo general remitían a un tipo de producción
personal artesanal.
Pero no sólo hubo divorcio entre diseño gráfico
y público, sino entre diseño gráfico y pintura,
dibujo, fotografía. Valorizando el diseño como "arte
menor", maniatado en su irreductible función utilitaria
al servicio de fines propagandísticos, no se desarrolló
a la par del movimiento artístico que desde 1927 protagonizaron
importantes artistas y grupos, y que fue conocido luego como la
primera y segunda vanguardias. Separación, divorcio. Marginación
que le costó un vacío en el universo de la cultura
cubana durante toda la primera mitad del siglo.
Este pasmoso aislamiento entre el diseño gráfico
y entre los géneros de las artes visuales (proclive a desarrollarse
en economías dependientes que reciben todo impreso o enlatado
desde el exterior) vio acercarse su fin en el mismo año
1960 cuando se produce el cartel del primer filme cubano, Historias
de la Revolución, luego de creado el Instituto Cubano de
Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Desde ahí,
desde ese instante, comenzó uno de los procesos más
fascinantes de la visualidad en Cuba, el cual contribuyó
a la educación estética-masiva de una sociedad ávida
por romper las barreras interpuestas entre "artes mayores"
y "menores", arte y diseño, "buen y mal
gusto", a saber, expresiones "cultas" y expresiones
"populares".
Se trató de establecer por vez primera la armonía
necesaria entre las disciplinas de la producción artística
nacional y de crear un estado de conciencia estética en
correspondencia con los nuevos proyectos de emancipación
educacional y cultural (entre ellos la extraordinaria campaña
de alfabetización de 1961) como partes de una expresión
social en ascenso.
Junto al impulso dado por el ICAIC a la cartelística, contribuyeron
otras instituciones culturales nacidas en aquellos años
fundadores: la Unión de Escritores y Artistas de Cuba,
el Consejo Nacional de Cultura, la Casa de las Américas.
La marea revolucionaria penetró no sólo estas instituciones,
sino también el ámbito del sistema de enseñanza
artística y de las organizaciones políticas y sociales
que sintieron estremecidos sus fundamentos en cuanto a su proyección
e imagen, decidiendo modificar raigalmente sus instrumentos de
persuasión y ejecución. Todos sintieron aires violentos
de renovación, comprendieron la ausencia de tradiciones
o escuelas y la necesidad de plantearse caminos desde cero cuyo
compromiso último sería con el receptor de sus mensajes,
es decir, la inmensa mayoría de la población.
La ausencia de diseñadores formados en centros de nivel
superior capaces de dar respuesta a las urgencias de una cultura
que llegaba a todos sin discriminación o procesos de automarginación,
planteó la necesidad de integrar a creadores plásticos
consagrados en el campo de la pintura por ser estos los que dominaban
el espacio bidimensional y la interacción entre los diversos
elementos componentes de éste.
Nace, sin conciencia plena aún, una poética gráfica
en medio de circunstancias nuevas. La libertad de expresión
es total, pues no hay obligación alguna con tendencias
o códigos visuales hegemónicos de la nueva cultura
informativa y comunicacional que se iba abriendo paso de diversos
modos.
Los creadores ven en ello la oportunidad de alcanzar mayor resonancia
en sus obras al verlas reproducidas en grandes cantidades y ser
ubicadas en el contexto urbano y el ámbito doméstico,
pues en este último aspecto el cartel comienza a ocupar
el lugar de las imágenes religiosas tradicionales o políticas
que siempre acompañaron a la familia cubana, o convivir
con ellas en barroquizante confraternidad ambiental.
La obra individual, única, legitimada como original, se
ve complementada con la obra múltiple asociada a los cambios
operados en la visualidad de la vida cotidiana y en el sentimiento
de apropiación colectiva de la belleza.
El cartel tiende un puente entre la imagen privativa de la galería
y el museo y la foto familiar del espacio íntimo de la
vivienda: de ahí su función formativa y culturizadora
del gusto y la sensibilidad.
La cartelística cubana surgió en situaciones económicas
difíciles. Recordemos que los años 60 sacudieron
a la totalidad de la población por cuanto en ellos fue
instaurado el sistema de racionamiento de productos alimenticios
e industriales (que se mantiene vigente hasta hoy con un por ciento
mayor de recrudecimiento) y un bloqueo comercial que cortó
los suministros habituales de la industria gráfica, entre
otros renglones azotados de la economía.
La imposibilidad de acudir al cromo en gran escala como soporte
y de usar las ventajas de la reproducción mediante el sistema
offset, dejaron libre el terreno a la modesta técnica del
silkscreen que tenía sus antecedentes a lo largo y ancho
de la Isla. Esta se convirtió poco a poco en bandera y
desafío a los creadores que decidieron echar su suerte
con ella. El espacio de la imagen y el uso de los colores fue
limitado a un cincuenta por ciento de la superficie y no muchas
tonalidades eran permitidas. Lo que a todas luces podía
significar una condición negativa se convirtió en
elemento clave del diseño en sentido positivo, pues avivó
la imaginación a extremos insospechados, agudizó
el ingenio como ganancia primaria y contribuyó al desarrollo
de una poética gráfica que distinguió de
inmediato el cartel cubano por encima de otras expresiones visuales.
Imposibilitado de asumir en sus inicios los antecedentes de la
publicidad comercial del país, ya que ésta, en el
caso del cine, venía elaborada según las fórmulas
del éxito made in USA , y en otros sectores recurría
a convenciones académicas viejas o soluciones estereotipadas
carentes de conceptos, el cartel cubano acudió a las conquistas
de la pintura y el arte contemporáneo (por la interacción
de los propios artistas en la elaboración de afiches) y
especialmente las modalidades y estructura de la gráfica
que en los '60 ocupaban la atención en la escena internacional,
específicamente la escuela polaca.
El cartel polaco seducía por su impronta de color y dramaticidad
y el fecundo sustrato estético europeo que lo sostenía.
Polonia representó el surgimiento del afiche revolucionario,
de ascendencia socialista, a pesar de su, por momentos, hermeticidad.
Se fue por encima de la pintura nacional y asombró al mundo
por hacer de ese instrumento comunicativo un objeto de belleza
impar, revitalizador del entorno en que se insertaba.
El afiche cubano resultó, de igual modo, una clarinada,
un grito en la pared -como fue descrito- que atrajo a los más
importantes creadores del momento:
Servando Cabrera Moreno, René Portocarrero, Mariano Rodríguez,
Raúl Martínez, Umberto Peña, entre otros,
en medio de una explosión cultural como nunca antes había
vivido el país. Diseñadores formados fuera de Cuba,
y otros en su carácter autodidacta, echaron a andar una
de las expresiones artísticas más coherentes con
que Cuba se dio a conocer en el mundo. El cartel cubano fue el
portavoz de las transformaciones en la sensibilidad del público
y de los mecanismos de comunicación masiva recién
estrenados.
El cartel resultó una experiencia estética del más
alto nivel, una metáfora visual de las aspiraciones en
materia de relación arte-público, capaz de funcionar
fuera de los límites de su intencionalidad primaria y convertirse,
además, en pieza de coleccionista.
Lo mismo para "anunciar" el estreno de un filme o de
una obra dramática o musical, que para apoyar campañas
políticas de ahorro, educacionales o de salud pública,
el cartel eludió la ilustración descriptiva, la
iconicidad documental o el reflejo especular del tema o asunto
a comunicar, y devino síntesis ideológico-visual
en su objetiva condensación gráfica.
Ello no impidió el nacimiento de diversos modos de diseñar,
claramente marcados por la formación del artista-realizador.
Por fortuna, proliferaron maneras o "estilos" que pronto
hicieron reconocible al autor del cartel. Así, Eduardo
Muñoz Bachs, Antonio Reboiro, Tony Evora, Félix
Beltrán, Raúl Martínez, Alfredo Rostgaard,
Antonio Pérez (Ñiko), René Azcuy, Raúl
Oliva, Umberto Peña, Frémez, Rolando de Oraá,
Esteban Ayala, Morante, al asumir conceptos comunes de la comunicación
masiva, realizaron carteles desde ópticas variadas y personales
que ampliaron el nivel de percepción y consumo del objeto
impreso de moda en esos momentos.
"Más que afiche, más que cartel, más
que anuncio, es una siempre renovada muestra de artes sugerentes,
funcionales, si se quiere, ofrecida al transeúnte"
-escribió Alejo Carpentier- y añadió: "Los
artistas cubanos del cartel, del afiche, libres de la idea fija
de la incitación comercial, tratan de llevar un arte a
la calle, allí donde todos lo vean".
"El cartel (...) es galería permanente, abierta a
todos, puesta en las murallas, ostentosa en las esquinas, usándose
en él todas las técnicas de la figuración:
Montaje, collage, reproducciones de imágenes paralelas,
pop, op, y hasta, cuando vienen bien, remedos de viejos estilos,
interpretados, transfigurados, en función de un título,
de un contenido, de un mensaje determinado1".
Al filo de 1970 el cartel había revelado al mundo la audacia
y la pluralidad de la cultura visual cubana, en una vertiginosa
carrera junto al cine, expresión de la que fue su más
creativo representante.
Los carteles del CAlO, como se les conoce, representaron la vanguardia
del afichismo cubano y se ganaron por derecho propio el lugar
más alto de la renovada gráfica nacional que se
había multiplicado en apenas una década.
El cartel cubano de cine, luego de cumplir su misión difusora
informativa, se independiza y se hace perdurable al punto de usársele
como decoración sobre las paredes de la casa.
Ha ido conformando la visión apropiada de la gente para
recibir sus mensajes, hallar las equivalencias entre las imágenes
utilizadas y la "realidad" que expresan, y disfrutar
el lenguaje artístico que denota, educando los sentidos
del hombre en el camino de prepararlo para recibir lo mejor del
mundo que le rodea.
Portavoz de un nuevo cine surgido con los cambios revolucionarios,
el afiche supo aunar arte y diseño de manera ejemplar,
eficacia comunicacional y belleza, persuasión y sugestión,
con mínimos recursos expresivos, en una técnica
de sabor artesanal como el silkscreen.
La cartelística cinematográfica lograba que el lenguaje
pictórico actuara más allá de los museos
y galerías, resolviendo, en novedosa forma y estructura,
problemáticas propias de la pintura en los años
convulsos del poder revolucionario y colocando al movimiento de
diseño informacional cubano en un nivel histórico
del desarrollo conceptual, formal y compositivo de la plástica
y diseño contemporáneos.
El arte pop norteamericano y el auge de cierta corriente "psicodélica"
(que exalta las sensaciones mediante estímulos cromáticos
altos) fueron alimento de varias opciones del cartel fílmico,
junto a la escuela polaca y, en menor medida, la checoslovaca.
"Premeditadamente o no, los colores constituyeron atracciones
visuales al gusto y la sorpresa del pueblo, que era la masa destinataria
de la producción y exhibición cinematográficas"
comenta Manuel López Oliva, para luego añadir...
"las decoraciones, trajes, aditamentos, pictografías,
cuadros naives, muros callejeros, carrozas y adornos de carnaval,
demuestran -en variadísimos lugares del mundo y en distintas
épocas de Cuba- cómo el color es un extraordinario
valor expresivo de la vida popular, capaz de adquirir connotaciones
inimaginadas o de conducir, casi fisiológicamente, la conducta
social de innumerables personas".. 2
Y más. En fecha tan temprana como 1918, Fernando G. Barros,
reconocido historiógrafo y cronista de arte, dejaba la
siguiente noticia: "Un día hace su aparición
en los escaparates de las tiendas y en algunas esquinas, el heraldo
formidable, rico en matices luminosos y en colores violentos del
comercio y la industria modernos: el cartel. Arlequinesco, impertinente,
gritón, populachero, dijérase que es Mercurio en
perfecta mascarada. Su aparición fue -permítaseme
una frase- un estruendo de colores.. "3 , lo cual puede interpretarse
como el inicio de una larga tradición que con el tiempo
quedó sepultada por la publicidad estandarizada de los
años '60 y los '70.
Pero no todo fue color. Hallamos también imágenes
que parten de la fotografía a línea, o se sustentan
en la ilustración y el grabado, o realizan la admirable
síntesis del dibujo, en su intento por legitimar lo creativo
del arte gráfico y cinematográfico.
Raúl Martínez tradujo el pop art a la visualidad
nacional en admirables ejemplos cartelísticos, especialmente
el de Lucía, mientras René Portocarrero imprimía
su barroquizante línea pictórica en Soy Cuba y Servando
Cabrera Moreno sensualizaba su trazado sobre el rostro del héroe
nacional para el cartel de Páginas del diario de José
Martí y más tarde en Retrato de Teresa.
René Azcuy pulsó al máximo la tensión
entre el blanco y el negro, sin apenas espacio para otro color
en su laconismo estilístico, a partir de los '70, como
lo muestra en Besos robados, La última cena. Eduardo Muñoz
Bachs -el decano de los afichistas cubanos al acumular más
de mil obras realizadas en sus casi cuarenta años de fecunda
labor creadora- ha sido fiel a su peculiar modo de ilustrar, cargado
de humor unas veces, desde Aventuras de Juan Quinquín,
Por primera vez, hasta Cría cuervos, Gallego.
Alfredo Rostgaard y Antonio Pérez (Ñiko) explotaron
las limitaciones del color plano en la técnica serigráfica,
cubriendo por lo general toda la superficie bidimensional a partir
de la cual ilustraban mediante dibujo geométrico o modalidades
de la nueva figuración. El primero, más allá
del cine, produjo los admirables Cristo guerrillero, Conferencia
de la OLAS en La Habana, Décimo Aniversario del ICAIC,
y el ya célebre Canción Protesta , devenido símbolo
del diseño cartelístico cubano.
Antonio Fernández Reboiro acudió a reminiscencias
art nouveau, el pop art, las inquietantes estructuras psicodélicas
(Juego de masacre), luego de un inicio caracterizado por la sencillez
ideogramática (como en (Hara Kiri).
Otros creadores, aunque no con la misma eficacia, contribuyeron
a hacer del cartel cinematográfico una de las manifestaciones
más coherentes de la práctica cultural cubana a
lo largo de varias décadas: Julio Eloy, Raúl Oliva,
Raymundo, hasta que fue disminuyendo en calidad y cantidad en
los '80.
Un período notable de descenso en la producción
de afiches, debido a la imposibilidad de adquirir filmes extranjeros
para su distribución en las pantallas y a la disminución
de la producción cinematográfica nacional, provocó
una gradual caída del afiche y de todo el espectro del
diseño gráfico cubano. A esto se sumaron trabas
burocráticas generadas en el período de institucionalización
y planificación extrema de todos los sectores de la vida
en el país, y el abandono del ejercicio por parte de aquellos
diseñadores protagonistas de sus mejores momentos. Muchos
hoy en día se hallan trabajando en otros países
sin perspectivas de volver a ejercer el oficio en Cuba, del cual
fueron los incuestionables maestros. De éstos sólo
se mantiene en funciones el infatigable Muñoz Bachs, con
su carga de ingenuidad, humor, alegría, dando respuestas
a los desafíos que surgen.
Pero el cartel cubano supo demostrar calidad estética y
eficacia comunicativa no sólo en la esfera cinematográfica.
Para el universo editorial se produjeron valiosos ejemplos, así
como para la propaganda política, teatral, musical, el
sistema de educación, salud pública, ahorro, y el
turismo. En este sentido contribuyeron Rafael Zarza, Roger Aguilar,
Héctor Villaverde, Cecilia Guerra, Darío Mora, Elena
Serrano, Faustino Pérez, José Papiol, Mederos, Olivio
Martínez, Jorge Hernández, Modesto Braulio, Pablo
Labañino, Héctor Carbonell y, de manera ejemplarizante,
Félix Beltrán, gracias a su sólida formación
como diseñador de marcas, símbolos y logotipos,
y Umberto Peña, al frente del diseño gráfico
de la Casa de las Américas por espacio de casi veinticinco
años, ambos trabajando fuera de la Isla hoy.
Ahora bien, como apuntaba antes, el concepto de la gráfica,
y dentro de ella del cartel, dominó durante mucho tiempo
el panorama de las artes visuales en Cuba como un fenómeno
nuevo, democrático, que no tenía antecedentes en
nuestra historia, aunque sí en otros países donde
se produjeron situaciones históricas de cierta similitud.
Desde su surgimiento mismo constituyó el hecho más
novedoso del universo plástico al desbordar los sitios
adicionales del disfrute de la obra de arte.
Ya el museo o la galería no sólo serían en
lo adelante únicos espacios legitimadores de las calidades
estéticas de un determinado producto visual. Como Adelaida
de Juan: "el haber alcanzado un alto nivel estético
y técnico y, sobre todo, una adecuación a su contenido,
constituye el punto de partida que su valoración. Toda
obra de arte alcanza nivel de tal según esta adecuación
y su utilidad está en relación estrecha con las
condiciones señaladas. Por supuesto, la gráfica
-a diferencia de la pintura- requiere una comunicación
inmediata, lo cual está lejos de implicar un rebajamiento
cualitativo. Por su público transeúnte, por su sistema
de referencias cotidianas, por su incesante variación temática,
exige del artista determinadas condiciones para su práctica.
Pero, al igual que el pintor, a este artista se le exige también
la capacidad creadora, la originalidad, el afán de trabajo
cuidadoso, la pulcritud de la hechura y la meditación conceptual.
Sus obras forman parte de nuestro panorama cotidiano, y este ha
de ser audaz, renovado y hermoso...4.
El antecedente de este fenómeno que caracterizó
nacional e internacionalmente la práctica cultural revolucionaria,
lo hallamos en los años iniciales de la epopeya de Octubre
en la década del '20 cuando artistas e intelectuales intentaron
unir el arte y la vida, como "un fenómeno radicalmente
nuevo dentro de la cultura mundial en el siglo XX" al decir
de Anatolí Strigalev, para más adelante aseverar,
refiriéndose a la propaganda gráfica de agitación
de aquellos años extraordinarios, que: "influyó
sobre el desarrollo de artes que aparentemente no estaban ligadas
directamente a su esfera de actividad, borró las fronteras
entre las artes asentando los fundamentos de una nueva síntesis
artística"5.
La función artística en el cartel, como uno de sus
elementos componentes, es decir, como medio, llegó a alcanzar
planos que rebasaron toda expectativa inicial, sin que ello impidiera
la comunicación del mensaje evidente en la interpretación
pública de éste en cualquier entorno.
Al igual que decenas de años después en Cuba, las
limitaciones que enfrentaron los diseñadores soviéticos
no representaron restricciones en el campo de la gráfica.
Las imperiosas necesidades de producir mensajes para divulgar,
orientar e informar la obra cultural que se expandía como
una gigantesca onda, resultaron un aliento en medio de urgencias
que llegarían a conducir, a fines de la década del
'20, hacia un verdadero y reconocido diseño gráfico.
Las vanguardias artísticas se fundieron a la gráfica
sin menoscabo de una y otra, rellenando la brecha que podría
tornarse insalvable (en otros lugares del mundo lo ha sido), descubriéndose
así las potencialidades que hay en uno y otro sector cuando
deciden unir objetivos y esfuerzos comunes en una red de influencias
e interacciones.
Ahí están los ejemplos de A. M. Cassandre, Victor
Deni, Maiakovski, Vladimir Lebedev, Rodchenko, El Lissitski, Dimitri
Moor, los hermanos Stenberg. Los años '60 y '70 fueron
a Cuba lo que los años ' 20 fueron a Rusia (ya para ese
entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas):
"la Edad de Oro", en los que "creadores cultos
fueron capaces de dar respuesta a un contenido de "masas"
(...). Es importantísimo porque constituye uno de los ejemplos
mejor logrados del empeño de la vanguardia rusa por refuncionalizar
el arte (...) por unir el "arte con la vida" (...).
De ahí ese acento emocional que vibra en los trabajos e
inclina la eficacia de sus resultados de comunicación y
su amplitud cultural. .."
La homologación de tales circunstancias histórico-culturales,
cuarenta años mediante, es asombrosa. Y el clima que se
creó en aquellos y estos años.
Lamentablemente comenzó a disminuir: para nadie es un secreto
lo que ocurrió en la Unión Soviética a partir
de 1927 cuando José Stalin asume el control total del Partido
y el Estado. El clima creado a la luz de los "descubrimientos"
en materia de práctica cultural no sólo disminuyó
sino que desapareció del todo ya finalizada la década
del '30 hasta nuestros días, en que aún ese gigante
del este de Europa y de Asia no ha encontrado el camino más
justo para desarrollar las nuevas estructuras "adoptadas"
y aprovechar su experiencia anterior socialista.
La burocratización hiperbolizada de la vida cubana también
asestó un duro golpe al diseño gráfico y
al camino ascendente del cartel. Pero no disminuye el valor de
toda la rica producción cartelística que, parafraseando
al colega cubano, "se definió en Enero", desde
el mismo día primero de 1959.
Cuando a mediados de la década del '80 se produce el significativo
paso hacia una "restructuración" del socialismo
para "perfeccionarlo" (conocido entonces como "período
de rectificación"), el iceberg que había mostrado
su cima a fines de la década anterior emerge por sobre
la masa de agua y muestra claramente la magnitud de su poderosa
forma. Pero ya era tarde para una disciplina que se asienta sobre
problemas técnicos y estéticos que significan un
aprendizaje sistemático largo cuando no se dispone de una
imaginación e ingenio desbordados que suplan la carencia
formativa.
Y ya no estaban los diseñadores fundadores del movimiento
para reasumir nuevamente sus funciones. Quienes aprovecharon las
ondas producidas por el surgimiento del iceberg fueron los artistas
plásticos, que vieron abiertas numerosas puertas de galerías
y museos sin que mediaran estructuras técnico-productivas
complejas o simples.
Las instituciones culturales cubanas apoyaron el naciente movimiento
que fue cobrando fuerza y razón de ser a lo largo y ancho
de Cuba, brindando espacios, capacidades de impresión,
auditorios, medios de difusión, en fin.
Se plantea así un nuevo capítulo en la relación
entre el arte y la vida, entre la realidad y las aspiraciones.
Y el cuadro, la fotografía, el objeto, las instalaciones,
sirvieron de mediador en tal relación, acercando cada vez
más la cultura "culta" y la "popular",
removiendo fronteras que esperan la menor oportunidad para reínstalarse.
Contrario a la operación efectuada por el afiche, de integrar
el objeto estético a la ciudad, el "nuevo arte de
Cuba" (al decir de Luis Canmitzer) llevó la gente,
la calle, a galerías y museos, creando un flujo inverso
pero de igual signo espiritual.
El cartel cubano, sin embargo, dejó una huella definitiva
en muchos artistas plásticos ya reconocidos y en las nuevas
generaciones. Están latentes los postulados del diseño
gráfico legitimador en los '60 y los '70. Esto lo podemos
apreciar en la obra del equipo Cau and Co., que ha logrado aunar
diseñadores (gráficos e industriales) y pintores
en un intento por establecer los nexos que siempre se producen
en períodos de efervescencia cultural y estremecimiento
social. Y en el intento de algunas empresas cubanas por adquirir
una nueva imagen acorde con los nuevos rumbos emprendidos por
la economía, especialmente en el área del turismo.
El auge de la televisión y el video ha provocado un desafío,
tal vez inimaginado años atrás, a los medios de
impresión. El ojo se ha ido adaptando al movimiento más
que a lo estático, y las pantallas informativas electrográficas
han ido ocupando los sitios que en un momento dado ocupó
el cartel. Pero siempre ha habido desafíos en la cultura
(la fotografía en el siglo pasado, el cine y la televisión
en este, las revistas, el disco compacto, las autopistas de la
información), y no mucho han podido contra las palabras
y la imagen impresas. Espero que el cartel cubano continúe
añadiendo lo que le corresponde a ese proyecto extraordinario
de crear "la belleza de todos los días".
Notas:
1.Alejo Carpentier: Una siempre renovada muestra de artes
sugerentes en Cine Cubano no. 54-55, p. 90-91.
2.Ver Manuel López Oliva: "Cartel cubano de cine,
impresos de veinte años", en Cine Cubano, p. 95-105.
3.Fernando G. Barros: "La evolución artística
de Cuba" en Social, Vol. III, no.3
marzo de 1918, La Habana.
4.Adelaida de Juan: "La belleza de todos los días"
en Pintura Cubana: temas y variaciones, Col. Contemporáneos,
Ediciones UNEAC, La Habana 1978, p. 192-193.
5.Anatoli Strigalev: Catalogue de l'exposition Paris-Moscou,
París, 1979, p. 324.
6.Gerardo Mosquera: El diseño se definió en
Octubre, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1989, p. 268-280.
Alejo Carpentier: ... "Una siempre renovada muestra de
artes sugerentes..." en Cine Cubano no. 54-55, p. 90-91.
Ver Manuel López Oliva: "Cartel cubano do cine, impresos
de veinte años", en Cine Cubano, p. 95-105.
Femando G. Barros: "La evolución artística
de Cuba" en Social, Vol. III, no. 3 marzo de 1918, La Habana.
Adelaida de Juan: "La belleza de todos los das' en Pintura
Cubana: temas y variaciones, Col. Contemporáneos, Ediciones
UNEAC, La Habana
1978, p. 192-193.
Anatoli Strigalev: Catalogue de l'exposition Paris-Moscou, Paris,
1979, p. 324.
Gerardo Mosquera: El diseño se definió en Octubre,
Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1989, p. 268-280.